16 de noviembre de 1978. Muere en atentado Mateu Canovas, magistrado del Tribunal Supremo. Un tipo siniestro, juez al servicio político del franquismo en uno de sus más emblemáticos tribunales, el TOP, Tribunal de Orden Público. Sentencias políticas en aplicación de una ley política al servicio político de la dictadura: pruebas falsas, torturas negadas, la juridicidad al servicio de las versiones policíacas de los hechos,… vamos, un angelito. Un prevaricador profesional, miembro de la canalla jurídica franquista. Un tipo de cuidado, chaval, dañino y peligroso; además, con corbatas y trajes de gusto más que dudoso, un auténtico hortera…
Aun le recuerdo. Le tuve delante en el TOP, claro está,…
Fue en 1973. Me detuvieron a mediados de mayo. De rebote, como quien dice, mala suerte. Iban a por otro periodista, un buen amigo a quien hace años no veo, JC. Ambos colaborábamos en Aduanas, revista mensual de contenido económico, entre otros referidos al cuerpo al que aludía su cabecera.
JC no había acudido aquel día a la redacción, la Brigada Político Social andaba al parecer tras él desde la manifestación, desde luego ilegal, del Primero de Mayo en Madrid en la que, por primera vez bajo la dictadura, el muerto no había sido un manifestante, sino un sub-inspector de la policía política. JC no había tenido nada que ver en el asunto; al igual que yo, ni siquiera había asistido a la manifestación. Pero apareció su nombre en alguna de las declaraciones arrancadas durante las torturas de los detenidos y le estaban buscando, bien que sin ninguna acusación precisa.
Así que JC decidió abandonar Madrid durante algún tiempo… El hecho de no tener dinero y de carecer de antecedente alguno, le hizo confiar y acercarse a la administración de la revista, situada al otro lado de la calle, justo enfrente del edificio en que estaba instalada la redacción, al objeto de cobrar sus últimas colaboraciones.
Una vez hubo cobrado, caminó hasta un pequeño bar cercano en el que solíamos desayunar algunas mañanas y, desde allí, me llamó a la redacción. Hablé con él; sólo quería despedirse. Podíamos tomar algo por última vez. Así que bajé al bar. Estábamos charlando ante nuestras respectivas tazas de café, cuando el local, apenas una barra y un estrecho pasillo paralelo a la calle, se llenó de policías de paisano que se arrojaron sobre mi compañero. Él estaba a la izquierda, ligeramente más próximo que yo de la puerta, cubierta ya por un par de gorilas; a la derecha, entre los apretones de los policías y el final de la barra, quedé inmóvil e indiferente, seguí con mi café, como si me encontrara solo. JC adoptó idéntica actitud. Ni me miró mientras le sujetaban de ambos brazos y procedían a esposarle. Había seis o siete policías y reconocí de inmediato a quien les mandaba: el comisario Roberto Conesa.
Se llevaban ya a JC, cuando Conesa, echando un vistazo rápido y penetrante a los que estábamos ante el mostrador, me señaló y dijo a dos de sus subordinados: “a ese también”. Lo dicho, un rebote.
Dos coches sin distintivos esperaban aparcados a escasos metros del bar, uno de ellos era un taxi con su taxista y su taxímetro; un colaborador de la policía. Por entonces, se calcula que había unos quinientos en el gremio; hoy en día la cifra es mucho mayor. Creo que a JC le introdujeron en el taxi y a mi en un SEAT sin distintivos. Directos a la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. En el patio, mientras nos sacaban a empujones de los vehículos y nos conducían hacia las escaleras que daban acceso a los despachos de la BPS, pude ver al taxista saludando e intercambiando algunas frases con un par de policías.
Los dos, afortunadamente, íbamos limpios y nuestras casas estaban igualmente limpias: ni octavillas, ni periódicos clandestinos, ni libros prohibidos, nada…
No debería haberme ocurrido nada, pero se daba el caso de que había tenido una detención anterior, durante las movilizaciones contra el famoso proceso de Burgos, en diciembre del 70: cuatro meses de cárcel preventiva, juicio en el TOP y absolución. Y para ser absuelto en tal tribunal había que estar realmente como una patena. Pero tal antecedente fue suficiente, pese a la citada absolución, para que me llevasen, al igual que a JC, ante el magistrado correspondiente del citado TOP, casualmente, el desaprensivo F. Mateu Canovas.
Nos llevaron por separado y sin que nos pudiésemos ver.
La BPS me acusó, un tanto confusamente, de “colaboración” en “asociación ilícita”, a través de JC, pero a éste, a su vez, no pudieron acusarle de nada. Su nombre entre otros nombres en una declaración, sin acusación específica, no daba para mucho. En lo que se refería a mi persona, y curiosamente, la acusación policial recogió esa figura de “colaborador” con alguien, JC, al que no pudieron adjudicar ninguna “asociación ilícita”. En fin, situación un tanto surrealista, que el propio Mateu se encargó de dirimir. Me presentaron ante él y el tipo echó un vistazo a los papeles que la policía política había puesto en sus manos y en los que, claro está, constaba mi detención anterior…
El individuo alzó la mirada de los folios y me dijo, sin expresión alguna en el rostro, que me procesaba por “asociación ilícita”. Le indiqué que la propia policía señalaba tan solo una actividad de “colaborador”. Entonces, un cierto brillo de irritación apareció, fugaz, en sus ojos y repitió, seco: “asociación ilícita”.
“Más policía que los policías”, pensé.
En 1978, como he dicho al principio, aquel punto fue tiroteado y muerto en un atentado que no mejoró su currículum. Acogí la noticia sin expresión alguna. No lo sentí, no dije nada a nadie, nada conté de mi encuentro con él. No participé en ninguna muestra de dolor institucional porque no me dolía nada, entre otros muchos motivos.
Cuando murió Franco, la monarquía le ascendió, como si cuarenta años de dictadura no hubiesen existido, a magistrado del Tribunal Supremo.
Ahora, transcurrido el tiempo, pienso que el destino de aquel miserable no hubiera sido quizás tan trágico de haberse visto obligado a rendir cuentas ante una democracia un poco más autentica que la que tenemos y dispuesta a asentar sus raíces, no sobre los crímenes de quienes sirvieron y sostuvieron al fascismo, sino sobre las aspiraciones más nobles y sin duda más generosas del pueblo. Claro que, en tales supuestas circunstancias, no habría sido promovido, como lo fue, a la alta magistratura que ensució con su mero aliento.
Como para fiarse del Tribunal Supremo, chavales, menuda garantía de independencia., menuda objetividad en la aplicación de las leyes… y menudas leyes las que sus amigos aprobaban y siguen aprobando en el parlamento… ya me dirás.