28.2.12

PSOE, camaleón y PP igual así mismo

PSOE: en la oposición, de izquierdas. En el gobierno, de derechas. A eso se llama cumplir su misión.
PP: no ha descubierto que la bicicleta tiene cambio. En la oposición, de derechas; en el gobierno de derechas. Y con el recuerdo de Franco, siempre.
¿Recuerdas, Kevin, aquello de que se inventan dos mentiras y uno se la pasa contemplando cómo millones de ciudadanos (y en nuestro caso también de tertulianos y expertos, que ya son varios cientos de miles) discuten cuál de ellas es verdad?

Desaparece un clásico "maldito" de la novela negra española. CARLOS PÉREZ MERINERO: EL ESCRITOR QUE MIRABA POR LA VENTANA

Observar la vida a través de la ventana, escribir cada día y uno de esos días, apacible e inesperado, morir como si nada, sin transición dolorosa, sin solución de continuidad. Levantarse un día y sentirse mal. Algo no va bien, quizás en los días anteriores algo columbró, quizás. Pero ese día se sentía mal, tenía mal cuerpo, sin ganas, como abandonado. No parecía grave, un día flojo, pero se queda en la cama. La madre pregunta. No me siento bien, me levantaré más tarde. Al mediodía el malestar persiste. No le apetece comer, seguirá en la cama. A primeras horas de la noche, ha de ir al servicio. Se nota pesado, le cuesta pero llega hasta el cuarto de baño, se sienta y ya no puede levantarse. Llama y la madre acude. Intenta ponerle en pie. No puede. Carlos está gordo, una gordura que viene arrastrando desde hace algunos años. La madre, más mal que bien le arrastra a duras penas hasta el pasillo y ahí, justamente, Carlos se derrumba. Cae, la cabeza hacia el comedor, los pies hacia el dormitorio. Está muerto. Son las 20,30 h. del 29 de enero, domingo. En la calle José del Hierro de Madrid, barrio de Ventas. Había nacido en Ecija, en 1950.
Su cuerpo fue incinerado el lunes 30, a las 20 h. en el crematorio del cementerio de La Almudena. El jueves 9 de febrero en una iglesia cercana a su domicilio, se celebró una ceremonia funeraria según el rito católico.

Adiós Carlos. Ya no estás. Ya no estarás nunca.

Nos quedan, claro, tus libros, tus estupendas historias, unas publicadas y otras, aun en algún mueble de tu casa, la que compartías con tu madre y en la que, de vez en cuando, acudíamos a verte, a oírte, a intercambiar impresiones, a tomarnos un refresco y disfrutar de unas horas de calma, como fuera del mundo, aunque no de la vida.

Pero no quiero parecer uno de sus íntimos. No llegué a serlo; nos conocimos ya talluditos ambos y no nos dio tiempo. Así que no le conocí demasiado, pero hasta donde lo hice, fui un buen amigo suyo y tuve que ver muy directamente con la edición de tres de sus novelas, excelentes novelas: Razones para ser feliz, Caras conocidas y La niña que hacía llorar a la gente. Género negro distinto a todos, con auténticos personajes, bien escrito, lejos de la crónica de sucesos y de la apología policial, literatura, auténtica literatura, nada más y nada menos.

Nos apreciábamos y nos gustaba, como acabo de apuntar, pasar la tarde, junto a dos o tres amigos más, en el salón de su casa, charlando de esto y aquello o, parafraseando a Unamuno, contra esto, contra aquello y contra lo de más allá.

Hablaba de cosas simples, le gustaban las cosas simples, aparentemente banales, los detalles bien observados de la vida cotidiana; quizás porque a lo largo de los años había ido eliminando los temas superfluos, es decir, los que se consideran importantes, los que, en definitiva, no llevan a ninguna parte más que a sentirse uno tontamente importante por la simpleza de hablar de ellos. La conversación con él se desarrollaba siempre de manera sosegada, aunque se insultase a tal y cual personaje pretencioso, y siempre quedaba uno compensado de haberse trasladado hasta su casa, quizás desde el otro extremo de Madrid.

Carlos salía poco y, durante sus últimos años, aun menos. Acompañaba a su madre al supermercado o a comprar cualquier cosa en la tienda correspondiente; una vez a la semana se pasaba por la librería más cercana del barrio, en su misma calle, a apenas doscientos metros…y poco más. Si se le incitaba a alejarse de su domicilio, incluso para la presentación de uno de sus libros en el centro de Madrid, daba siempre la misma justificación: “pero si ya sabes que yo no viajo.” Vivía en un primer piso, tenía vértigo y para subir y bajar utilizaba el ascensor.

Merinero respetaba y amaba de manera excepcional a su madre, Aurelia. Llegabas a su casa y lo primero que te decía era “pasa a saludar a mi madre”; cuando te marchabas, “despídete de mi madre”. Cuando ya eras un visitante habitual, el ceremonial se repetía sin indicación alguna por parte de Carlos y a todos los que lo cumplíamos nos resultaba grato y familiar. Aurelia era y lo sigue siendo, una mujer pequeña, delgada, amable, de sonrisa alegre, lectora incansable, siempre sentada junto a la ventana de una pequeña habitación que da a la calle, repleta de libros, con el periódico del día entre las manos o con una novela que, una vez leída, comentaría a su hijo… La primera lectora de cualquier cosa medianamente legible que entraba en la casa era ella.

Merinero observaba la vida desde su ventana, en especial durante las mañanas.

Cierto día, en conversación telefónica, me dijo que estaba impresionado. ¿Por qué, le pregunté, qué ha pasado? Esta mañana, prosiguió, como siempre, he echado un vistazo desde mi ventana y he visto al carnicero de enfrente, también como siempre, abriendo la carnicería. Ha llegado, se ha agachado y ha levantado el cierre metálico de dos impulsos. De dos impulsos, no de uno, de dos. Por primera vez en veinte años ha levantado el cierre de dos impulsos. Se está haciendo viejo, ¿comprendes? Y yo aquí, mirándole cada día, me estoy haciendo viejo, igual que él, perdiendo fuerza, también para mi han pasado veinte años.

Desde entonces, cada vez que le visitaba, no podía evitar mirar los azulejos de intenso colorido que adornan la carnicería. Nunca entré en ella ni quise nunca ver al carnicero, como si no quisiese envejecer. Sólo pensaba en cuántos impulsos necesitaría para levantar aquel cierre metálico que se me antojaba particularmente pesada, mas pesado a cada visita.

Desde entonces y para mis adentros definía a Carlos como el hombre que miraba la vida desde su ventana, un hombre singular y un escritor que pasaba las tardes en su mesa de trabajo, escribiendo a mano, ajeno a la informática y cuyo ordenador estaba vacío. Los cajones llenos, como su corazón y su cabeza y el ordenador vacío.

Ya sé que sesenta y un años, los que vivió Carlos Pérez Merinero, sin ser demasiados, dan para mucho y a él también le dieron para mucho, pero he querido hablar de mis impresiones más profundas, de esos últimos años en que su existencia transcurrió disciplinadamente atada a su mesa de escritor, sin preocuparse por publicar, dedicado a su madre y a unos pocos amigos y mirando la vida por una ventana en un barrio de Madrid

(Este artículo no es de Kevin, sino de Manuel Blanco Chivite, último editor de Pérez Merinero en EL  GARAJE EDICIONES SL, www.nodo50.org/edicioneselgaraje, y lo hemso recogido de la página web de la editorial. Tambièn se ha reproducido en el blog de javiercoria, en el la librería Negra y Criminal, de Barcelona, en www.revistarambla, en revistaprotesis, dedicada a la novela negra española)

21.2.12

Diálogo con la avecilla del campo que pasó por Valencia recientemente


- Hola avecilla del campo.

- Hola Kevin. He venido volando, volando y he pasado por Valencia. Vengo horrorizada. Los pobres niños apaleados por los votos de sus papás y sus mamás, quiero decir por la policía enviada con instrucciones orales de darles duro / hasta dejarles el coco maduro. Oh, me ha salido un dístico divino. ¿Te imaginas, Kevin?

- Me lo imagino, poética avecilla, y te digo que cosas así me parecen un magnífico espectáculo. Cosas así hacen que la educación de nuestros chicos y chicas vaya por el mejor de los caminos.

- Te oigo y no me lo puedo creer, amable Kevin, ¿cuánto peor, mejor?, ¿es así como piensas?

- En absoluto, delicada avecilla. Pero, por poner un ejemplo, qué dirías de un estudiante o una estudianta (como diría Baroja o el inolvidable don José Bergamín) que quisiese aprobar sus estudios y se la pasase de juerga, con el gin-tonic en la mano o de pastilleo nocturno a tutiplén? No, no, no, aprender es duro, exige concentración, muchos codos, mucho estudiar, en fin, todos lo sabemos, exige esfuerzo, renuncia; sacrificio, en una palabra. Y la educación respecto al Estado al servicio de financieros, banqueros y multinacionales, la educación respecto al verdadero papel de sus cuerpos policiales encargados de administrar la violencia estatal no se imparte con libros ni en los centros de estudio, sino en la calle, luchando por lo que se considera justo y contra lo que se considera injusto, abusivo y canallesco. Tal educación y aprendizaje pasa por la experiencia de la protesta indignada y de la lucha, y esa experiencia nos enfrenta y enfrenta a estos jóvenes con la verdadera cara de sus gobernantes y de su policía. Así se llega al conocimiento y al saber, así ha sido siempre y seguirá siendo. El saber cuesta, pero da satisfacciones, las mejores. La percepción de la policía por parte de nuestros jóvenes está cambiando y va por buen camino, el camino de la realidad real, y no por el de las monsergas de los políticos o de las versiones oficiales.

- Oh, dulce Kevin, yo creía que el saber venía así, como se decía antes, como coser y cantar, por las buenas, diciendo amén, aceptando la autoridad y viendo mucha tele.

- Craso error, avecilla volandera. Y ten cuidado por donde emprendes tu vuelo, video-vigilada estás y si, además de ver, vas y lo cuentas sin atenerte a las citadas versiones oficiales, puedes quedarte sin alas; el último grito en represión son las tijeras corta-alas.

14.2.12

PPSOE memoria

PSOE: los desmemoriados que cobraron por desmemorizarse. Francamente (de Franco) la cosa les salió bastante bien.
PP: contra la memoria histórica, por la memoria histérica, ¡Viva España! ¿Memoria histérica? Por ejemplo, poner calles a la memoria de Fraga. Por ejemplo, “no recuerdo los crímenes de papá y el abuelito, ¿no era legales y según la legislación vigente y las órdenes impartidas? ¿Es que no vestían uniformes honoríficos de falangistas, guardias civiles y militares?”

O, si se quiere y aun más allá (plus ultra, pero muy ultra) vean lo que dijo nuestra Soraya Sáenz de Santamaría, hija de general franquista, respecto a la recuperación del tesoro de la fragata Mercedes hundida en 1804: confía en que “España recupere el lugar que le corresponde, el que ocupaba cuando llenaba buques de toneladas de oro y plata”. De oro y plata robadas, desde luego, pero eso la memoria histérica no lo admite, por eso es histérica y no histórica. Vamos, por tenerlo claro.

7.2.12

Muerte de Antoni Tàpies: una curiosidad

Ha muerto el pintor Antoni Tàpies. A modo de curiosidad, y procedente de nuestra biblioteca descomunal, reproducimos la portada de una novela de Manuel Bosch Barrett publicada en 1945 por la editorial barcelonesa Memphis. El detalle tiene su anécdota. La citada editorial fue creada por el padre del pintor, Josep Tàpies, y la ilustración que pueden contemplar obra del mismísimo pintor, quizás una de sus primeras obras hechas públicas. En la misma editorial, Josep Tàpies, según cuenta su hijo en su libro "Memoria Personal" (publicado en catalán, idioma del pintor, en 1977 y en español en 1983, traducido por Pere Gimferrer y Javier Rubio), publicó una novela policíaca, de la que desgrciadamente no nos da el título, firmada con el seudónimo de "Coronel Hans".
En uno de los comentarios de prensa leídos con motivo de su muerte, se dice que, "durante sus últimos años" Tàpies se interesó y se acercó al pensamiento oriental. Una inexactitud manifiesta. A Tàpies le interesó el pensamiento oriental, Chino, India, etc, desde su adolescencia y juventud. Y tal curiosidad le venía, como él mismo cuenta en su "Memoria..." de su propio padre y tal interés lo mantuvo durante toda su vida. "Debo pues a mi padre - escribió el pintor -, gracias a la atracción que sentía por el Oriente... (su lectura) de los clásicos chinos", y de los clásicos Indios y de toda esa literatura trascendental de Oriente que conoció pronto y bien.  

1.2.12

La necesidad del uniforme adecuado

 Leo en la prensa que en México un tal Enrique Elizondo ha sido detenido por ser el autor de 75 asesinatos. No sé si la afirmación resultará cierta ante un tribunal. De cualquier manera y hablando con franqueza, no me parece mucho: más o menos lo que puede dar de sí cualquier misión humanitaria de cualquier piloto de bombardeo de la OTAN. La mala suerte del tal Elizondo es que no se decidiera por vestir el uniforme adecuado. Si lo hubiese hecho, a estas alturas estaría recibiendo los parabienes de cualquier ministro de Defensa. ¡Asco de vida, Elizondo!